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Monsieur Lazhar (2011). Una película contra la infantilización de la enseñanza

Desde que la secta tóxica de los pedagogos -esos especialistas en crear problemas donde no los hay- metieran sus sucias manos en la educación, se ha venido notando una progresiva infantilización de la enseñanza, que se hace igualmente perceptible en el mundo ELE (Español como Lengua Extranjera).

En vez de buscar la excelencia, en vez de entender la educación como una forma de ser mejores, se ha instalado un buenrrollismo para papanatas que nos toma (a profesores y a estudiantes) por tontos del haba, que deben hacer cosas muy didácticas, muy lúdicas (jueguecitos, pasa la bola, chorradas varias).

Por eso se agradece una película como Monsieur Lazhar (Philippe Falardeu, 2011), que no sólo es buena, sino que pone en solfa tanta mamarrachada:

Monsieur Lazhar habla de inmigración, de enfrentamientos ideológicos, de profesores perdidos en las aulas…. Y lo hace de una forma simple, como son las cosas.

El protagonista es Bachir Lazhar, un argelino cincuentón que se ofrece como profesor en una escuela de Montreal (Canadá), como sustituto de una maestra que se ha ahorcado en clase delante de sus alumnos. Todo el mundo parece muy preocupado y estresado, todo el mundo se toma muy en serio a sí mismo: psicólogos pedantes, padres preocupadísimos porque sus hijos “no se traumaticen”, feministas al borde de un ataque de nervios, profesores sin alma que sólo piensan en cumplir las normas, que no son más que un conjunto de patochadas.

Frente a este mundo decadente -que conocemos todos los que nos dedicamos a esta profesión- el misterioso Sr. Lazhar usa un arma revolucionaria: el sentido común; explica los adjetivos posesivos, enseña a escribir mediante dictados con textos de Balzac (hilarante la escena con la directora, que lo llama a su despacho y le recomienda -la pobre mema- que “simplifique los dictados”, que Balzac no es didáctico).

El Sr. Lazhar está siempre metiendo la pata, parece que nadie lo entiende. Pero es obvio que él tiene razón. Siempre. Cuando le pega una colleja a uno de los chicos, tiene razón. Cuando reordena la clase en filas nada más llegar, y elimina la disposición en círculo recomendada por los pedagogos, tiene razón. Cuando el chico árabe le habla en árabe en clase, y él, que es árabe, le dice que “en clase hablamos en francés”, tiene razón. Cuando se asombra de que después de una excursión los alumnos vengan con la espalda quemada, porque está prohibido que un profesor le ponga crema solar a un alumno (oh, tocarlo, pecado nefando), tiene razón (una escuela que ve a un pedófilo en cualquier maestro que toca a un chico, una escuela que no acepta las caricias, el abrazo, el beso, es una escuela de enfermos).

Lazhar oculta una vida de sufrimiento en su Argelia natal. Por eso entiende que en el fondo las cosas son simples, que lo políticamente correcto sólo agrava la esquizofrenia pedagógica, que los seres humanos gozamos y sufrimos (sí, también sufrimos, profesores y alumnos), y que aprender del sufrimiento es parte de la educación (sus alumnos hablan de la muerte, piedra de escándalo general). Un niño al que se le evita el contacto con la realidad de las cosas, crecerá enfermo por dentro.

Da gusto, la verdad, encontrar una película como esta, perdida entre tanto panfleto delirante, propuesta de libertad y de madurez en estos tiempos de infantilización de la enseñanza.

Morozov contra el mundo. Un reportaje imprescindible sobre el utopismo en la red

El otro día estuve hablando por aquí -y sobre todo en Caos Ordenado Relativo– de un panfleto contra Steve Jobs del bielorruso Evgeny Morozov, que salió como artículo en EEUU y se ha publicado como libro en Italia.

Morozov es uno de los críticos más agudos de lo que llama “utopías tecnológicas”, es decir, de la euforia desmedida que está provocando el desarrollo de la red en todos los ámbitos del ser humano, desde la política a la educación.

El programa “Backlight” de la televisión holandesa Vpro le ha dedicado a Morozov un reportaje, que me parece muy original e interesante. El autor aparece en el centro de un panóptico de imágenes y declaraciones sobre internet, que somete a una crítica implacable, una por una.

Son 50 minutos que nadie que esté interesado en estos temas debe perderse, se esté o no de acuerdo (lo importante es la enorme cantidad de reflexiones que nos suscita). Imprescindible:

Lectura aumentada y aprendizaje de lenguas. El caso del periódico “Metro” en Suecia

El periódico gratuito Metro, que nació en Suecia, donde tiene más de millón y medio de lectores diarios, ha lanzado este martes una aplicación de iPhone que incorpora a la lectura funcionalidades de realidad aumentada.

He estado probándola y me parece que puede abrir un camino a la hora de diseñar los libros de ELE del futuro (inmediato).

Metro usa la tecnología PointCloud (desarrollada por la empresa sueca 13th Lab) que es absolutamente intuitiva, ya que sólo hay que poner el dispositivo encima de una noticia o una foto para poder ver vídeos, hacer comentarios, ampliar galerías de fotos, escuchar canciones o puntuar las informaciones (literalmente, cualquier cosa).

Aunque el principio rector es el mismo que el de los códigos QR, esta nueva forma de leer (de enfrentarse a los textos, en general) es directa; por ejemplo, es posible ver el vídeo de una entrevista que se publica en el periódico poniendo el iPhone encima de la foto. No hay saltos ni tediosos intermediarios de red.

En este vídeo se ve un poco cómo funciona la aplicación, aunque no da una idea cabal de lo útil que puede ser para el aprendizaje de idiomas (en mi caso, ya lo es para el sueco):

Update: Es muy posible que Metro extienda esta tecnología a otros países en los que está presente, como, por ejemplo, España. Estaremos atentos.

Mozilla open badges entra en fase alfa

Mozilla Foundation sigue trabajando en un sistema de acreditación mediante insignias, basado en entornos de aprendizaje abiertos (“assessment in open peer learning environments”).

En septiembre del año pasado traté sobre este tema en Blog Nodos Ele, en un post en el que comentó Fernando Santamaría, que lo conoce bien.

Erin Knight es una de las desarrolladoras de este proyecto, que pretende ser una forma alternativa de acreditación que supere los sistemas de evaluación tradicionales en el ámbito educativo.

Erin ha publicado un post reciente en el que propone un sistema de 3 grados, basado en destrezas, niveles y granularidad. Se trataria de un “3 T´s of badge system design” (tipos, toques, tecnología), en fase alfa:

  1. Skill badges. Se basa en el desarrollo de destrezas sometidas a revisión entre pares. La insignia se obtiene después de completar un “learning challenge”.
  2. Participation badges. Se basa en todo tipo de participación en eventos. La insignia la otorga el organizador del evento.
  3. Achievement badges. Se basa en la adquisición de logros que resultan en productos que se comparten con los demás. La insignia se obtiene mediante la culminación de proyectos abiertos.

Erin trata también de los aspectos tecnológicos, que pueden estar integrados en entornos de aprendizaje predeterminados, o no. Y de cuestiones de “rating”.

No está mal repetir que estamos en un diseño en fase alfa. Seguiremos atentos.

Morozov contra Steve Jobs. Un magnífico panfleto delirante

Tengo la impresión de que en España se conoce poco a Evgeni Morozov (Bielorrusia, 1984). No me suena que se haya traducido The Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom, y pocas veces lo he visto citado en los medios, a pesar de su visibilidad en la prensa (anglo)sajona.

Morozov es un cafre inteligente, uno de esos tipos que conoce bien las dictaduras (como la que aún se mantiene en su país de origen), y que, por tanto, sabe que cualquier cosa puede usarse con fines totalitarios. De hecho, su interés fundamental se centra en el uso totalitario que se contiene en las nuevas tecnologías.

El año pasado irrumpió como elefante en cacharrería, denunciando, con una agudeza e inteligencia notables, “los engaños de la red”, que fue como tradujo el título de su libro Luis M. Alonso, en un magnífico artículo que se publicó en La Nueva España, y que es lo único de interés que conozco sobre Morozov en nuestro idioma.

No voy a hacer un recorrido por las polémicas que Morozov ha ido levantando en estos meses. Pero me gustaría llamar la atención sobre un ensayo larguísimo y delirantemente estimulante (de hecho, en Italia se acaba de publicar como libro exento) que salió a mediados de marzo en The New Republic: “Form and Fortune. Steve Jobs’s pursuit of perfection—and the consequences”, y que es un ataque furibundo contra la filosofía de Steve Jobs y la “religión de las apps”.

A mí el ensayo me parece un alegato socialistoide al estilo de otro conocido “pensador” poscomunista (Zlavoj Žižek). Antes o después, el mundo se cansará de Morozov, como lo ha hecho de Žižek, que se ha convertido en una caricatura de sí mismo; pero mientras tanto el furibundo ataque del bielorruso a la “falsa religión” del intocable iGod no puede pasar desapercibida. Como una abeja especialmente punzante que se esfuerza en agujerear la piel de un buey (al que le bastará un movimiento de la cola para tumbarla).

No voy a hacer una crítica del ensayo, simplemente voy a dejar aquí algunas citas reveladoras del mismo, para dar una idea del interesantísimo disparate, que recomiendo encarecidamente.

  • El “platonismo industrial” de Jobs. Forma y esencia se confunden en conceptos como “perfección” y “pureza”:
  • Neither Jobs nor Ive tells us exactly what he means by “pure,” […] It appears that “pure” products exhibit a perfect correspondence between their form and what both Jobs and Ive refer to as their “essence.” […] It is a kind of industrial Platonism. […] Pure products are born, not made; any visible signs of human assembly—say, screws—would make it hard to believe in the higher integrity, the perfection, of the product.

  • El reino de Jobs no es de este mundo:
  • The idea that the form of a product should correspond to its essence does not simply mean that products should be designed with their intended use in mind […] No matter how trivial the object, there is nothing trivial about the pursuit of perfection. On closer analysis, the testimonies of both Jobs and Ive suggest that they did see essences existing independently of the designer—a position that is hard for a modern secular mind to accept, because it is, if not religious, then, as I say, startlingly Platonic.

  • La falsa revolución de Apple:
  • Apple’s most incredible trick, accomplished by marketing as much as by philosophy, is to allow its customers to feel as if they are personally making history—that they are a sort of spiritual-historical elite, even if there are many millions of them.

  • La tecnología Apple y el mito de la caverna de Platón. Una metafísica de la modernidad totalitaria:
  • Jobs’s most impressive achievement was to persuade the shackled masses that they could see the Platonic forms without ever leaving their caves. Marketing—with its shallowness and its insidious manipulation of the consumer—would normally be relegated to the inferior realm of appearances, but it took on a different function in Jobs’s business metaphysics: it played the gospel-like role of showing us the way to the true, natural, and pure products that have not yet been spoiled by the suffocating and tasteless ethos of faceless corporations such as IBM and Microsoft.

  • La dictadura de las aplicaciones:
  • Apple’s embrace of the “app paradigm”—whereby activities that have been previously conducted on our browsers shift to dedicated software applications on our phones and tablets—may be destroying the Internet in much the same way that the automobile destroyed the sidewalks and the playgrounds […] The total and exclusive focus on the tool at the expense of its ecosystem, the appeal to the zeitgeist that downplays the producer’s own role in shaping it (“whatever happens is … ”; “feeling the direction”), the invocation of the idea that technology is autonomous (“these things take on a life of their own”)—these are all elements of a worldview that Lewis Mumford, in criticizing the small-mindedness of those who were promoting car-only travel in the 1950s, dubbed “the bankruptcy of social imagination.”

    También en Caos Ordenado Relativo