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Me sigue sorprendiendo que uno de los motivos por los que las escuelas holandesas se interesan por el AVE sea la posibilidad de controlar al estudiante, es decir, de saber si ha hecho los deberes que les han mandado para casa, cuánto tiempo ha estado conectado o cuántos intentos ha necesitado para terminar las diferentes actividades.

¿En qué medida estamos ante una de las manifestaciones del «miedo institucional»? ¿o en qué medida es el profesor el que lo demanda? ¿cómo cabe interpretar este afán de control, como una forma de retroalimentación o como una coerción al aprendizaje autónomo del alumno? ¿hasta qué punto instituciones jerarquizadas pueden defender en sus currículos el fomento del «aprendizaje autónomo» del alumno para luego vender productos que se basan en una tutorización que pone en manos del profesor todos los resortes Ctrl?

Es obvio que la nueva versión flash del AVE del supone un avance considerable con respecto a la plataforma anterior, imposible y surrealista. El nuevo AVE es un producto muy competitivo en entornos educativos blended-learning jerarquizados, y puede servir de apoyo a la hora de que las escuelas holandesas se decanten por el español. En este sentido, su utilidad es indudable.

Las preguntas anteriores me han surgido al observar este simple pero significativo esquema del profesor Erik de Graaf (Delft University of Technology, Países Bajos). El esquema se mueve en dos ejes, el vertical «Control del profesor vs. control del estudiante», y el horizontal «Orientación hacia el contenido vs. orientación hacia el problema». ¿En qué punto nos situaríamos cada uno de nosotros actualmente? ¿en qué punto queremos estar en el futuro?

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